A summary of the main concepts of my presentation at the Asociacion Argentina de Historia Económica at the Universidad Nacional de La Pampa in September 2026. I thank the organizers for this opporutnity, the co-panelist Sylvana Maubrigades, and the attendants for an excellent discussion, which has informed this summary. The full panel is available on the AAHE’s youtube channel. The text is presented in Spanish and English. The Spanish version is closer to what I delivered in person, with some edits that reflect the discussion (in particular, I thank Andrea Lluch for suggesting Anna Tsing’s work). The English version was translated with Claude 5 Sonnet.
El bienestar y la desigualdad: entre la fricción y el encuentro
El análisis histórico de los precios, los salarios, el consumo, la alimentación, el bienestar y la desigualdad a lo largo del tiempo constituye un espacio de convergencia singular en la creación de conocimiento: una suerte de Aleph conceptual desde el cual es posible examinar la complejidad de los procesos sociales en su conjunto. Lejos de tratarse de compartimentos aislados, cada una de estas dimensiones interpela aspectos medulares de la experiencia humana: la alimentación como sustrato biológico y material imprescindible del bienestar; el consumo como contraparte tangible del ingreso y de la producción agregada; y las nociones mismas de bienestar y desigualdad, términos cuya aparente familiaridad encubre debates teóricos fundamentales acerca de su delimitación y alcance.
Estas interrogantes no son novedosas; atraviesan milenios de historia humana, pero adquirieron una formulación sistemática con el surgimiento de la economía política moderna. Los problemas distributivos, la remuneración del trabajo y las condiciones materiales de existencia se situaron en el centro mismo de la gestación de la disciplina económica, configurando debates fundacionales que continúan vigentes en el día de hoy.
Abordar el bienestar y la desigualdad desde la investigación histórica requiere asumir una premisa central: la existencia de una fricción constante en sus distintas dimensiones. En el ámbito de las ciencias del aprendizaje y la teoría pedagógica se concibe el aprendizaje no como una asimilación pasiva, sino como un proceso dinámico en el que los esquemas a priori colisionan con las observaciones y cuestionan la identidad y sentido de sí mismo del sujeto. Siguiendo una lógica afín a la formulada por Thomas Kuhn para las revoluciones científicas, el avance cognitivo exige una confrontación con lo factual que obligue a la reflexión, al cuestionamiento de los supuestos iniciales y a la reformulación conceptual. Desde la antropología, Anna Tsing identifica la fricción como interacciones desiguales, inestables, raras y creativas que generan un momento productivo de confusión conceptual.
Trasladada a la historia económica, la fricción dista de ser un obstáculo paralizante o un debate bizantino; por el contrario, constituye una incomodidad productiva. Es en el momento en que los datos desestabilizan las categorías preestablecidas donde radica el progreso disciplinar. Aunque los debates académicos se articulen en términos estrictamente racionales y metodológicos, están también impregnados de una dimensión subjetiva y afectiva que es parte del quehacer científico.
La historiografía reciente sobre niveles de vida y distribución del ingreso ofrece ejemplos elocuentes de fricciones metodológicas de alto impacto. Stephenson y Humphries han puesto de relevancia la necesidad de contextualizar institucional y socialmente los registros documentales y formas de contrato frente a la estandarización cuantitativa. En el caso de América Latina, Rafael Dobado de manera similar exigió atender a las especificidades contextuales, dietarias y laborales de los espacios hispanoamericanos frente a la historia comparativa global. Más recientemente, el debate entre el historiador económico Guido Alfani y el arqueólogo Michael E. Smith sobre la desigualdad en el imperio azteca ha puesto de relevancia cómo distintos presupuestos empíricos y fuentes documentales pueden conducir a interpretaciones divergentes sobre un mismo fenómeno.
Más allá de las controversias particulares, creo que hay cuatro dilemas que atraviesan la práctica historiográfica en este campo:
- Lo particular y lo general (el caso frente al promedio): La agregación cuantitativa disipa las asimetrías locales en medias estadísticas que pueden encubrir más de lo que revelan. Quien investiga se enfrenta permanentemente al desafío de ponderar si el promedio construido es una síntesis adecuada o una construcción artificiosa que invisibiliza realidades divergentes.
- La teoría y la contrastación empírica: Existe una tensión insalvable entre la pretensión deductiva de los modelos teóricos y la complejidad irreducible de la experiencia material cotidiana. Como recordaba Karl Popper, una historia gobernada exclusivamente por leyes universales y regularidades teóricas resultaría trivial; el interés de la indagación histórica reside precisamente en aquellos intersticios y singularidades que la teoría, por definición, no logra contener, aun cuando prescindir de ella impediría desentrañar los mecanismos causales subyacentes.
- Subjetividades y agencia frente a determinismos estructurales: En la historiografía contemporánea, la construcción de series cuantitativas de salarios reales genera disonancia cuando aparece desprovista de los sujetos históricos. Las personas no viven en curvas estadísticas, sino en tejidos sociales atravesados por decisiones, resistencia y adaptación. El reto radica en articular la escala macroestructural de las series con la capacidad de acción (agency) y la subjetividad de los actores.
- Economía de mercado frente a economía moral y economía natural: En sociedades preindustriales como las hispanoamericanas coloniales, el trabajo asalariado distaba de ser la norma generalizada. Esta circunstancia plantea una disyuntiva conceptual decisiva: ¿hasta qué punto los indicadores monetarios derivados de la economía formal de mercado logran aprehender realidades donde predominaban relaciones comunitarias, mecanismos de subsistencia no monetizados o formas coercitivas de trabajo vinculadas a la “economía natural”?
Frente a estas tensiones, el concepto de bienestar opera simultáneamente como un punto de encuentro que permite reconectar la historia económica con la experiencia vivida:
- El lugar como ancla de la realidad: El espacio geográfico específico donde se sitúa la investigación no constituye un mero fragmento susceptible de agregación estadística. En consonancia con las premisas de la geografía humana, el lugar es el ámbito donde la cultura, las relaciones políticas, las fuerzas económicas y las condiciones ecológicas convergen de forma indisociable. La reconstrucción de los niveles de vida —el poder adquisitivo de los ingresos locales, los patrones dietarios y el consumo efectivo— actúa como un ancla material que enraíza la interpretación histórica en la vivencia cotidiana de las poblaciones, revelando las presiones y restricciones que los individuos debían sortear diariamente.
- El bienestar como vector de capacidades y libertades individuales: En sintonía con el enfoque de Amartya Sen, el estudio del bienestar, los precios y el consumo no debe limitarse a la cuantificación de bienes, sino concebirse como el análisis de las oportunidades y libertades reales de las que disponían las personas para desplegar sus proyectos de vida. Sin un acceso garantizado a la subsistencia alimentaria, la capacidad de actuar se clausura. De igual modo, la imposibilidad de costear la vestimenta adecuada excluía a los individuos del mercado laboral y de la interacción social reconocida, un aspecto ricamente ilustrado en obras literarias como *El Periquillo Sarniento*, donde la adquisición de vestuario decente constituía el primer prerrequisito para la inserción social y laboral. Bajo esta óptica, los indicadores materiales dejan de ser abstracciones numéricas y se convierten en expresiones concretas de la capacidad de agencia de los sujetos.
- La multidimensionalidad analítica: El bienestar y la desigualdad no admiten una métrica univariada. De forma análoga al tablero de instrumentos de un vehículo, donde resulta indispensable monitorear simultáneamente la velocidad, las revoluciones y el nivel de combustible para comprender el estado del sistema, el análisis del bienestar demanda un conjunto de indicadores. Ninguna variable aislada resulta autosuficiente; es indispensable cruzar salarios, canastas de consumo, morbilidad, nutrición y condiciones habitacionales.
- El salario real como barómetro y la triangulación histórica: En economías agrarias y parcialmente monetizadas —como la novohispana de fines del siglo XVIII—, el salario real debe interpretarse no como el ingreso universal de la población, sino como un barómetro sensible a las fluctuaciones del entorno económico general. Para verificar su validez representativa, el historiador debe recurrir a la triangulación de fuentes. Cuando la caída de las remuneraciones reales coincide con deterioros en las estaturas biológicas observadas a través de la antropometría, se corrobora que la señal salarial refleja una degradación más amplia de las condiciones de vida. Asimismo, el registro documental cualitativo demuestra que sectores urbanos como la construcción operaban en estrecha simbiosis con el medio rural: las planillas laborales reflejan marcadas caídas en el número de peones durante los meses de cosecha, evidenciando que el empleo asalariado fluctuaba al ritmo del ciclo agrícola de subsistencia. El trabajo formal y el trabajo de subsistencia coexistían así en una interfaz porosa, cuya reconstrucción enriquece de manera sustantiva la comprensión histórica.
Estos cuatro ejes simplemente tienen como propósito destacar que las contradicciones son parte de una incomodidad epistemológica y una constante tensión entre fuentes, métodos y teorías que son no constituyen un impedimento, sino que son una instancia indispensable y fecunda en la generación de conocimiento capaz de articular las generalizaciones estructurales con el ancla insustituible de la experiencia humana concreta. Creo que aquí radica el potencial más fecundo de la historia del bienestar y la desigualdad.
English version: Well-Being and Inequality: Between Friction and Encounter
The historical study of prices, wages, consumption, food, well-being, and inequality over time offers a rare crossroads for making sense of the past—a sort of conceptual Aleph where the moving parts of social life come together. Far from being isolated silos, each of these angles gets straight to the heart of everyday human experience: food as the basic biological baseline for well-being; consumption as the tangible, lived side of income and overall output; and the very ideas of well-being and inequality—terms we throw around easily, but which mask deep debates over what they actually mean and measure.
These questions aren’t new; they stretch across millennia of human history, but they took systematic shape with the rise of modern political economy. How wealth is distributed, how work is paid, and the material conditions people actually lived in sat right at the center of the discipline’s birth, kicking off foundational debates that are still very much alive today.
Tackling well-being and inequality through historical research means accepting a core premise: friction is everywhere. In the learning sciences and pedagogy, learning isn’t seen as passive sponge-like absorption; it’s a dynamic clash where our prior assumptions bump up against what we observe, shaking up identity and how people understand themselves. Much like Thomas Kuhn’s take on scientific revolutions, cognitive breakthroughs require running into facts that force us to stop, rethink our starting assumptions, and rework our concepts. In anthropology, Anna Tsing treats friction as those messy, unequal, awkward, and creative encounters that spark a productive kind of conceptual confusion.
Brought into economic history, friction is neither a roadblock nor an exercise in academic hair-splitting. It is, instead, a productive kind of discomfort. Disciplines move forward precisely when hard evidence shakes up established categories. And while academic debates tend to dress themselves up in strictly rational and methodological terms, they are also deeply human, shaped by personal perspectives and gut feelings that are simply part of how scholarship works.
Recent scholarship on living standards and income distribution offers clear examples of high-stakes methodological friction. Stephenson and Humphries have highlighted why we must ground archival records and labor contracts in their real social and institutional contexts rather than rushing into one-size-fits-all quantitative standardization. For Latin America, Rafael Dobado similarly pushed back, arguing that global comparative history must respect the unique dietary, labor, and local contexts of the Hispanic world rather than flattening them into broad global comparisons. More recently, the exchange between economic historian Guido Alfani and archaeologist Michael E. Smith over Aztec inequality showed just how quickly different empirical baselines and source materials can lead to completely divergent takes on the exact same phenomenon.
Beyond specific debates, four broader dilemmas run through historical practice in this field:
- The particular vs. the general (the case study vs. the average): Aggregating numbers smooths out local quirks and disparities into neat statistical averages that can easily obscure more than they reveal. Researchers constantly have to ask: is this average a meaningful summary, or an artificial construct hiding wildly different lived realities?
- Theory vs. empirical reality: There is an unavoidable tug-of-war between neat, top-down theoretical models and the messy reality of day-to-day life. As Karl Popper pointed out, a history made up entirely of universal laws and predictable regularities would be trivial; the real excitement of historical inquiry lies in the messy cracks and anomalies that theory fails to capture—even if doing without theory entirely would leave us unable to unpack causal mechanisms.
- Agency and lived experience vs. structural determinism: Building big wage series without people in them falls flat. People don’t live inside statistical curves; they live inside social webs where they make choices, push back, and adapt. The challenge is connecting macro-level trendlines with real human agency and everyday experience.
- Market economy vs. moral and natural economy: In pre-industrial settings like colonial Spanish America, wage work was hardly the norm. This poses a major question: how well can monetary metrics from formal markets actually capture realities ruled by communal ties, non-monetized subsistence, or coerced labor typical of a “natural economy”?
Faced with these tensions, the idea of well-being serves as common ground, bringing economic history back into conversation with lived reality:
- Place as a real-world anchor: Specific geographic settings aren’t just puzzle pieces to crunch into an aggregate dataset. As human geography reminds us, place is where culture, politics, economic forces, and environment actually collide. Reconstructing standards of living—local purchasing power, everyday diets, and actual consumption—roots historical interpretation in daily life, showing the real constraints people had to navigate every single day.
- Well-being as capabilities and real freedoms: Following Amartya Sen, looking at well-being, prices, and consumption shouldn’t just be a bean-counting exercise; it should examine whether people actually had the freedom and opportunities to shape their lives. Without basic food security, agency disappears. Likewise, being unable to afford decent clothing locked people out of jobs and respectable society—a dynamic painted vividly in novels like *El Periquillo Sarniento*, where getting decent clothes was the first step toward finding work and fitting in. Seen this way, material indicators stop being abstract figures and become real gauges of human agency.
- The need for multiple angles: Well-being and inequality can’t be captured by a single metric. Just like a car’s dashboard—where you need to watch speed, RPMs, and fuel all at once to know how the car is running—evaluating well-being demands a diverse set of indicators. No single measure works on its own; we have to look at wages, consumer baskets, health, nutrition, and housing together.
- Real wages as a barometer and historical triangulation: In agrarian, partially monetized economies—like late-18th-century New Spain—real wages shouldn’t be read as everyone’s default income, but rather as a barometer for wider economic shifts. To test their reliability, historians have to cross-check sources. When declining real wages line up with drops in biological stature in anthropometric records, it confirms that the wage drop reflects broader hardship. Similarly, qualitative records show that urban trades like construction were tightly bound to the countryside: payrolls show steep drops in day laborers during harvest season, proving that formal wage work rose and fell with the subsistence agricultural calendar. Formal employment and subsistence survival lived side by side across a porous border, and piecing that relationship together makes the historical picture much richer.
These four themes show that contradictions aren’t failures—they stem from a healthy epistemological restlessness, a productive friction between sources, methods, and theories that is essential to the craft.
Far from being an obstacle, this tension is where the most creative historical insights happen, tying big structural patterns back to the irreplaceable ground of concrete human experience. That, in the end, is where the real promise of the history of well-being and inequality lies.







